Con las manos en la masa

Bienvenidos todos, tomad asiento, vamos a deleitarnos juntos, a mesa y mantel, con este espacio de post dedicado a otra de mis pasiones, el buen hacer entre fogones.

Con las manos en la masa

Os escribo desde la mesa de madera que tengo en la cocina. Ese templo de creación que significa para mí la cocina de toda casa. Otro espacio de mí misma dónde el tiempo se para. Otro espacio que utilizo como apertura a mi mundo interior. Físicamente cierro las puertas, me aislo del exterior y voy hacia dentro. Igual que cuándo escribo me dejo llevar sin importar hacia dónde y sin importar el resultado, cuando estoy entre cazos fuegos y sartenes, me abro a la creatividad, a la mezcla sorprendente, a la explosión de posibles combinaciones, sabores y a resultados que pueden ir desde el ”¡mmmm está brutal! al ufff… ¡a qué puñetas sabe esto, que asco!”

En cualquier caso la buena voluntad, la pasión y el entusiasmo como botones de acción están siempre presentes. Independientemente del resultado, que, modestia aparte suele ser bastante rico.

La cocina es como la vida misma

¡Me siento bien por ser proactiva y experimentar! me encantan los retos, así que si me propones cualquier receta, por difícil o laboriosa que pueda ser, me lanzo y te digo, sin pestañear: ”eso no lo he hecho nunca, pero… ¿quién dijo miedo?.. Y es que la cocina es como la vida misma… hasta que no lo intente no sabré si soy capaz… lo más que puede ocurrir es que me den ganas de hacerlo otra vez para mejorarlo… jaja. Como alguna vez me han dicho mis hijos: ”¿Mamá, tu nunca te cansas de aprender?” Y mi respuesta siempre es la misma: ”el día que me canse, mi experiencia de vida habrá dejado de tener sentido”.

Terapia para el alma

Puedo estar enfadada, agobiada, reflexiva, incluso puede que no necesite cocinar nada porque la nevera está repleta, no importa, me olvido del mundo. Es puro deleite, terapia para el alma, el amalgamar ingredientes, dejar la imaginación a su ser, dejar que, sin pensar, la intuición me guíe a probar añadir una pizca más de pimienta o de sal o arreglar de la manera más inverosímil, en el último minuto, una bechamel con grumos.

Aunque os parezca “raro”, he salido de la cocina, después de dos horas o más entre cazuelas, con decisiones importantes tomadas, y otras veces he salido tan relajada de ella que no recordaba el motivo del mosqueo monumental con el que entré. A eso le llamo yo “terapia de choque”, más fácil imposible, y al alcance de todos. Curiosamente mientras peor entro en la cocina por la cuestión que sea, más ”bordo” el plato, jeje… al menos eso dicen los “catadores” que lo prueban luego, y modestia aparte, que la modestia a una edad respetable como  la mía es sinónimo  de falta de autoestima, ¡cocino bastante bien… Toma ya!

Alimenta cuerpo y alma

¿Cuántas tertulias, cuántos negocios, cuántas celebraciones se desarrollan delante de un buen plato de comida?. Desde que el mundo es mundo, comer, y más aún en compañía, es símbolo de alimentar el cuerpo, obviamente, pero estarás de acuerdo conmigo que la comida  alimenta sobre todo el alma, gana enteros, con creces, porque es símbolo de compartir, disfrutar, charlar, saborear y poner los sentidos en pie, incluso convencer para cerrar un negocio… con la “ barriga contenta” se piensa y se siente mejor. Compartir una buena mesa es sinónimo de pertenencia a un grupo, en torno a una mesa y un mantel se hacen confesiones y concesiones. Es una forma de comunicación universal entre personas. Tiene el poder de cambiar el ánimo y reconfortar el espíritu. Comer “cualquier cosa” para mí es solo sobrevivir, es no sentirse merecedor de vivir realmente con plenitud, es negarse. Deleitarse con la calidad de un plato, por sencillo que este sea, cocinado con buenos ingredientes a fuego lento y con entrega no puede por menos que ser deleite de cualquier paladar.

Me entrego a la causa

Me encanta recibir y agasajar en casa a todos mis seres queridos. Antes de que lleguen “me entrego a la causa” y estoy en la cocina hasta que lo dejo todo a punto. Luego me encanta el ritual de la ducha y de ponerme guapa para estar genial cuando llegan. Disfruto de la comida desde que voy a hacer la compra hasta que abro la puerta para recibir a mis invitados. Desde ese momento me relajo y disfruto como la que más.

Hay una escena que se repite con bastante frecuencia. Veréis: mis sobrinas vienen a comer o cenar a casa casi todas las semanas. Pues bien, nos sentamos a la mesa, y cuando prueban, me dicen: “tía Inma…esto está demasiado bueno ¿Qué le has puesto?”. Mi respuesta siempre es la misma: ”muchas gracias, me encanta que os guste… sólo le he  puesto buenos ingredientes, tiempo y toneladas de AMOR“.

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